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Tres cosas me sostienen


La madrugada está por terminar y una mantilla blanca lo cubre todo con una delicadeza discreta y pura, cual velo de novia. Hay un cierto silencio en la nieve, un ruido que no hace al caer como la lluvia del trópico. Recuerdo tanto el susurro del agua contra los cristales de las ventanas, arrullándome las siestas de los domingos; no he vuelto a escuchar una canción de cuna tan dulce. Enciendo una vela con la lentitud de un ritual, buscando luz. El café mañanero se va colando, extrayendo la esencia mágica de sus semillas. Pienso en el mundo, allá afuera, pienso en su abrumadora sustancia que comienza a cerrarse sobre mi cabeza: la pandemia, la economía, la política. Pero aquí y ahora, solo tres cosas me sostienen como en un remanso: Mi café, mi cuaderno y el silencio.


La nube de espuma del café me despierta las palabras en esta mañana gélida. El café siempre es buena compañía; nunca me ha quedado mal. Me baña por dentro con calidez y un amargor justo. Acaricio la sirena estampada en la taza, con su cabellera de algas marinas y su canto que reza “Vive la vida que imaginas”. Hay tanto que imagino en este encierro, en este rumbo perdido, pero el primer sorbo me devuelve agradecida a este momento presente que es todo lo que tengo.


Abro el cuaderno que es mi centro, mi raison d’être. Ahí van a parar fantasías, sueños, proyectos y recuerdos. Mi pasado, mi presente y mi futuro. Todos los días comienzo una página en blanco, como el manto de nieve afuera y todas las posibilidades escondidas. Bajo su tapa de cuero que le da aire de permanencia, voy creando mundos donde escapar y personajes con quien conversar, pues la imaginación me sustenta cuando la realidad supera a la ficción. Ahí me permito escribir mediocre y desordenada; ahí hago las paces con mi imperfección; ahí solo soy.


¡Ah, y el magnífico silencio! Ese espacio entre notas, tan necesario en la música y en la vida. Solía pensar que tenía que llenarme de ruidos, noticias, tareas, listas, logros. Un rotundo hacer y saber que solo me han dejado cansada y agobiada. Pero hay un cierto llamado, el llamado del caos propio, que no puede ser tapado por la estridencia de la realidad. El poder del silencio me obliga a escuchar piel adentro, a esas voces que viven más allá del murmullo de la calefacción o de los crujidos propios de la casa. Casi puedo escuchar la vela titilando.


Mucho sucede en el encierro, aunque no se vea. Se confabulan sabor y calidez, nostalgias y sigilos, visiones y esperanzas. Las palabras salen a la página en la oscuridad serena como la promesa del sol a punto de iluminarlo todo con su alba rosa. Mi taza está vacía, la casa se va llenando de despertares, y mi cuaderno está pleno de historias, y en esta madrugada solo fui café, cuaderno y silencio.


Enero 2022

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