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Emigrar y escribir: en busca del hogar perdido


Cuando pisé el mosaico de Cruz Diez en el Aeropuerto Simón Bolívar hace dieciocho años, supe que no había vuelta atrás. Cerré mi casa, dejé atrás mucha gente y cosas que amaba. Desde entonces, la mía ha sido una travesía en búsqueda de mi hogar perdido.


Mis abuelos están enterrados en Venezuela. Sus huesos yacen en un silencio eterno y solitario. Pero sus historias siguen en mí, aquellas que me las contaban a través de anécdotas y episodios, no siempre de tono rosa, pues mucho de sus vidas transcurrieron en guerra y escape. Pero llegaron a Venezuela en 1950 como refugiados y tuvieron un final feliz.


Pero a lo largo de mi vida, todo lo que me contaron comenzó a repetirse en mi cotidianidad en medio de cambios sociales y políticos en mi país. Sí, soy hija de inmigrantes, y por vueltas de la vida también terminé huyendo de mi país. Ese fue un punto de inflexión que negué durante mucho tiempo. Había perdido todo lo que me era verdadero, lo que me daba piso. Pero ahí también comenzó algo nuevo. Me tomó años darme cuenta que los huesos de mis antepasados descansan, pero sus historias, no. Por eso comencé a escribir.

Escribir me llevó a reflexionar mucho sobre mis acciones y hasta adónde he llegado. Como recogiendo esos huesos y los míos propios, recopilé esos pedazos de memorias y todas las lecciones pegadas a ellas, esas historias que me marcaron y que corrían el riesgo de perderse en el tiempo.


A través de la tinta y el papel, dejé de ser un ánima en pena y conseguí mi vuelta al hogar, en Canadá y en mi corazón.


¿Dónde está tu hogar?


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